2.7.10

Hazañas de borrachos

Es aquel ineludible momento de las fiestas donde los concurrentes se dan a la tarea de relatar historias de borrachos, ya sean propias o ajenas. Sí, a todos se nos han pasado las copas al menos una vez, y todos tenemos alguna historia que merece contarse para deleitar a los concurrentes con nuestra estupidez.

Sin embargo, casi imperceptiblemente, la plática que comenzó como un “ji ji ji, aaaah, qué cosas tan graciosas e inesperadas pasan cuando uno está ebrio”, se convierte en un extraño concurso de “a ver quién ha sido más alcohólico/drogadicto” en su vida. Cuando las cosas llegan a este punto, los involucrados se arrebatan el turno para relatar sus más destructivas y extremas historias, relatando emocionados sus grandes hazañas: “… y me desperté en una casa que no era mía y rodeado de gente que no conocía y sin saber qué había pasado”, “No, pues yo vomité sangre”, “A mí me tuvieron que lavar el estómago”, etc. haciendo con ello todo un recorrido de lo remotamente gracioso a lo llanamente patético. Al parecer, ganas puntos extra si tu primera borrachera hasta vomitar y perder la conciencia fue antes de los 13-14 años, y eres el epítome de lo cool si ya te drogabas con tus amiguitos de la secundaria. El otro día, incluso, una backstabbing bitch -perdón, seudoamiga- repitió en menos de 10 minutos de plática, casi con orgullo, que a ella la tuvo que ir a buscar la policía tres veces porque, cuando era una puberta locochona, se salía a borrachear y sus padres se desesperaban porque no sabían dónde estaba; y que, extendiendo ese comportamiento, “logró educarlos (a sus padres) para que la dejaran hacer lo que quisiera”. Dios.

Honestamente, no sé qué clase de reacción esperan en respuesta a dichos comentarios, pues los exponen con una emoción tal, como si fuera algo a qué aspirar. Tal vez esperan que sus oyentes piensen algo como “aaah, mira a este tipo, cuánto ha vivido, cuántas experiencias”, y no dudo que alguno lo haga. En mi caso, dichos comentarios, lejos de admiración, causan una cierta sensación de estar hablando con alguien cuya experiencia de vida parece ser inversamente proporcional a su madurez, o algún quinceañero imprudente que aún cree que lo más cool del universo es emborracharse hasta perder la conciencia tres veces por semana y robarse el carro del papá para dar una vuelta con sus amigos tetos. Descendiendo de mi precario pedestal de superioridad moral, puedo simplemente decir que esas no son precisamente el tipo de experiencias que me sentiría orgullosa de relatar, ni mucho menos aquellas que añoro tener.

Algunas personas tienen sindrome de Peter Pan (ya saben, aquello de no querer crecer ni madurar, y se aferran a comportamientos infantiloides que definitivamente no van con su edad), o incluso llegan a ser adultescentes (siguen comportándose como quiceañeros aún cuando ya tienen 25, 30 o más años). Sin embargo, creo que yo definitivamente padezco de síndrome de Desenfriolito: sí, aquella medicina para niños que anunciaban más o menos así: "Desenfriolito, porque ellos son como un adulto chiquito". Y creo que describe muy bien mi situación y la de muchas otras personas: desde chica fui muy crítica y reflexiva (demasiado, diría yo), muy poco crédula y bastante realista, rayando en el franco pesimismo.

Desde muy temprana edad, me volví una ñiña bastante aburrida: siempre pensando dos veces, y midiendo las posibles consecuencias de mis acciones. Cosas que a otros les parecían alocadas y audaces, a mí me parecían simplemente estúpidas o innecesarias, y nunca me volví rebelde sin causa, ni me hice cortes en las muñecas, ni me fui de mi casa, ni hice ninguna de esas cosas que la mayoría de los adolescentes estereotípicos suelen hacer. A lo largo de mi vida, muchas, muchas veces me han hecho el comentario de que soy una persona muy madura/sensata/centrada para mi edad. Incluso ahora que tengo casi 25 años. Alguien a quien estimo mucho, incluso me dijo que soy sabia, lo cual es el más grande halago que alguien me ha hecho, sin embargo en el fondo siento que sería totalmente artificial e inmerecido atribuirme semejante calificativo. Ya bastante pomposo es el sólo hecho de mencionarlo.

En fin, no voy a negar que también haya cometido mi cuota de locuras, de las cuales afortunadamente logré aprender algo que me ayudó, a su vez, a seguir avanzando y a no tropezar dos veces con la misma piedra. Digamos que en su vasta mayoría, mis locuras y excentricidades son más bien inofensivas (“locurillas pop” como cierto personaje deplorable las llamó alguna vez).

Ah, y antes de que se me olvide, el disclaimer: la intención de mi comentario no es hacer una apología del estilo "ah, pero qué madura y sabia soy". No, aún me falta mucho para poder jactarme de tal cosa. Es una simple reflexión sobre mi forma de ser y de actuar, que quise compartir con ustedes.

Bueno, ciao...